2 e n e r o


Te quiería entre silencios, en cada suspiro, cada vez que respiraba, y en todo lo que callaba. Te quería así, como el tiempo sabe querer, sin pausa, sin espera; con la certeza voraz de lo inevitable.

Vestidos, desnudos y disfrazados. Enfermos, débiles y agotados. Al tope de la pasión y el deseo, arrullados entre la ternura y el Amor. Nos habíamos fundido en un solo ser tantas veces que me especialicé en amaneceres suicidas y en palabras desvanecidas. Tú manteniendo la firmeza de siempre, cuando dices que el amor es para cobardes. Y yo, preguntándome

Debo decir, en su defensa y en descargo de mi inclemencia, durante el tiempo que duró, fue paciente, discreto y en especial, astuto. Sus armas jamás fueron la presión, la demanda o el chantaje, Por el contrario, no necesitaba ponerlo en palabras para hacerme saber la determinación de sus deseos. 


 Lo quería por el respeto absoluto que me transmitía  y lo admiraba más por su empeño irreductible de afectar mi determinación. Aunque me dejaba ganar batallas a las que sabía que estaban perdidas de antemano, él percibía en las reacciones de mi cuerpo que estaba lista para dejarme llevar, ambos sabíamos que peleábamos la guerra de los mil años y habían transcurrido suficientes para conocer nuestras fortalezas y debilidades. él apostaba a hacerme caer en la tentación de sus placeres y yo me aferraba con estoicismo a mis principios, mis miedos y argumentos. Era una guerra con más de un frente, no solo era mi cuerpo el que debía resistir sus escaramuzas, su inagotable arsenal de recursos en la cama, su increíble habilidad para hacerme perder la noción del tiempo y el espacio bajo el hechizo ardiente de su boca, el descaro de sus dedos y su acorazado de acero con el que conquistaba mi ciudadela a su antojo y conveniencia.